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jueves, 4 de abril de 2019

El Reencuentro

Por: mycrisher

En esa noche en la que escarbar el pantalón era señal que había olvidado su bolígrafo y que seguramente iba a perder nuevamente las palabras de su historia, Julián había decidido salir.

Llevaba una mochila negra que contenía: la última versión del Tiempo Principia en Xibalbá, un borrador, monedas y piedras con nombres de lugares. Entró al bar de siempre. Pidió una lager, abrió su cuaderno.

Ahí el mapa manchado de vino, marcados con un triángulo los lugares que nunca debía visitar. En color verde los que habían recorrido juntos. ¿Dónde la encontraría? Habían leído Rayuela y decidido dejar al azar su próximo encuentro. De eso ya habían pasado 20 años.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Partiré Mañana

"Buenas Costumbres"
Denise Phé-Funchal


Partiré Mañana

Partiré mañana pienso cuando siento que te levantás de la cama. Mantengo los párpados cerrados hasta que notás el movimiento de los ojos, de las pestañas y tu respiración me anuncia que si no los abro en ese momento te sentarás a mi lado y comenzarás a hacer preguntas. Te digo buenos días, sonrío y finjo estirarme. Tu aliento deja de chocar contra mis huesos. No puedo verte, no quiero verte, mis párpados siguen cerrados pero sé que sonreís. Luego dirás buenos días amor, te acercarás y estamparás un beso húmedo en mi frente. Siento el espacio entre tus labios como un enorme abismo, una fosa fría que despedaza todo lo que cae dentro. Cuando siento que finalmente voy a ser destrozada, que tu respiración hará chocar mi cuerpo en cada pico, que me arrastrará hasta el fondo, cuando siento que me comenzarás a preguntar si no te veo a la cara, abro los párpados y encuentro tu corbata de martes, es martes. Es martes y algunos días me esperan del fin de semana, de los eternos sábados en los que me convierto en la compañera perfecta, en la madre ejemplar, en la que sonríe y habla del tiempo, de divorcios de estrellas, de niños, de todos menos de mí. Es martes y partiré mañana, me digo al verte de espaldas, vigilando mi rostro desde el espejo mientras arreglás tu corbata. Sonrío con la esquina de la boca y mis ojos parecen perderse en el reflejo de los tuyos en el espejo. Eso te hace feliz, te tranquiliza y te deja partir sereno. A mí me regala el silencio, el olvido de tu voz durante el día. Cuando salgás por la puerta y el motor de tu auto se pierda tras los árboles que rodean esta casa volveré a las sábanas y desde dentro conjuraré a las paredes para que no proyecten tu cuerpo por los pasillos, para que tu voz no se asome a las ventanas. Pero aún estás acá y la representación no termina. Abrirás la puerta, llamarás a la sirvienta, le tenderás el saco y dirás que lo coloque en tu auto. Mientras tanto te observo desde las sábanas, exploto la sonrisa de chiquilla de la que te enamoraste y con voz acorde – que cada vez se resiste más a salir- digo que tengo frío y que me levantaré luego, que quiero dormir un poco más, hasta que los chicos se levanten, que en vacaciones los días son más largos, más cansados, que tus hijos requieren más. Escucho los pasos de la sirvienta que atraviesa el pasillo presurosa, el traspaso del saco, tus indicaciones de última hora y la puerta que se cierras tras de vos. Hoy es martes, no pasarás el pestillo, no sentiré tu cuerpo ansioso, tus manos no me arrancarán del calor de las sábanas. Es martes, solamente te inclinarás sobre mí y me darás un beso largo, una imitación de nuestras tardes en el techo de casa. Te daré mi lengua y mis labios tibios, respiraré despacio mientras te beso, despacio para que no dudés de mi buena voluntad. Si no encontraras mi boca, si no respondiera de la misma manera, comenzarías a preguntar. No quiero contestar, no quiero arriesgarme a eso, prefiero partir sin explicaciones, mañana. No quiero contestar porque no sé qué diría, no quiero pensar en tus preguntas. Terminás de besarme y mantengo los párpados cerrados mientras la presión de tu cuerpo sobre el mío desaparece, esbozo de nuevo la sonrisa y te escucho partir tranquilo. Los chicos duermen.
Las sábanas me cubren completamente, me gusta hundirme en ellas, el bebé aún no llora, puedo soñar un momento con las cosas que me gustaría hacer, con el tipo de mujer que quisiera ser, con viajes y amantes, con universidades lejanas y un cuerpo sin cesáreas. Respiro el aroma del mar que conocí cuando escapé de vos. Escucho el mar que combate los acantilados y siento la mano del hombre, de cualquier hombre que recorre mi cuello. Pero tus hijos me llaman, el pequeño llora, la sirvienta toca la puerta, tengo que dejar el mar.
Me gusta perderme en los libros, en los míos porque los tuyos no existen. Tus hijos juegan a mi alrededor y me llaman madre. Pero yo no los he parido, ellos partieron mi cuerpo, dejaron sus sonrisas en él, se alimentaron de mí, robaron mis horas de sueño, secuestraron mis sueños, la posibilidad de volver al mar. Me escalan, suben al escritorio y hablan, me ven con tus ojos, exigen. Son tus hijos. Ellos también amenazan con preguntar. El bebé me explora con la mirada, intenta meterse en mí, el otro por desgracia ya habla, en cualquier momento puede preguntar qué pasa mami y no quiero escucharlo de su boca como en las pesadillas. No quiero que alguien pregunte. Partiré mañana sin decir nada.
Van a ser las doce. No tarda en sonar el teléfono y en escucharse tu voz del otro lado preguntando cómo va todo, si los chicos se preparan para comer, si yo he salido o si pienso salir. La sirvienta vendrá como siempre y me llevará el teléfono al estudio. Lo tomaré y le diré antes de responderte que es hora de que los chicos coman. Hola amor –diré suavemente- cómo ha estado tu día, y vos responderás lo de los martes, día de reuniones, te espero por la noche, voy a salir a tomar un café, los niños se quedarán con la niñera que hoy ha regresado tarde de su pueblo, pero que ya está acá. Preguntarás con quién salgo y ojearé la agenda para ver o inventar con quién he quedado.
Tus hijos comen, me cambio, les doy un beso y salgo. Allí está mi auto, podría ser hoy, pero debo hacerlo con cuidado. En el camino repasaré los pasos para escapar sin huella. Cuando llegue al café, un poco antes de la hora acordada, pensaré en los cambios al plan que debe estar listo para esta tarde. Quisiera tomar notas, pero las encontrarías en tus inspecciones nocturnas a mi bolso y mis bolsillos. La gente llega, se sienta, habla y yo me olvido de vos, de tus hijos, de la casa rodeada de árboles, de la sirvienta y la niñera, del colegio, de tu trabajo, de la habitación que compartimos. Mi sonrisa es verdadera, puedo ser un poco como quisiera, pero el miedo me invade cuando los otros hablan de sus sueños, cuando sus miradas me encuentran y están a punto de preguntar. Entonces vuelvo a pensar en vos y todo toma tu forma, siento un viento frío en la parte trasera de la nuca, un viento que me atraviesa el cuerpo y entonces hablo, hablo hasta el cansancio, hasta que siento que puedo volver a vos con pocas palabras.
Te encuentro al volver. Hablamos de tu día, del mío, del de tus hijos, de las vicisitudes del hogar, de las noticias, de lo que comimos. Mi sonrisa de chiquilla está siempre para vos, para detener tus preguntas. Te acompaño a la cama, vemos la tele un rato, apoyo mi cabeza en tu hombro para dormir tu voz, dejo que me toques, que tus labios encuentren los míos, que tus brazos me atrapen hasta que quedés en silencio. Pero has tomado la costumbre de hablar hasta que yo duerma. Me robás la noche en el mar, tu voz es más fuerte que las olas, tus brazos no permiten que él acaricie mi cuello, la presión de tu cuerpo alrededor del mío me adormece.
Sueño que mis maletas esperan escondidas en el armario junto a la puerta, sueño que he tenido tiempo de prepararlo todo, que esto no se repetirá mañana, que jamás habré de contestarte, que volveré a los acantilados y a las olas que gritan conmigo mientras quiebran.

domingo, 26 de agosto de 2012

Composición para el lunes - Víctor Muñoz

Del libro Posdata: ya no regreso - Víctor Muñoz 


Composición para el lunes


Ayer fuimos a la piñata de Max. Max es mi amigo pero también es mi compañero de la escuela y hace como un mes que comenzó con que no fuera a faltar a su piñata y todavía cuando me entregó la invitación me recomendó que no fuera a faltar. Se la llevé a mi tía y le dije lo que me había dicho Max y ella me dijo que estaba bueno y que teníamos que comprar un regalo.
Primero fuimos a la misa y después al supermercado y después a la piñata. Mi tía dijo que íbamos a comprar algo que no fuera muy caro porque no tenía mucho dinero.  La misa estuvo bien tardada y en el supermercado había mucha gente y compramos unos crayones y pedimos que lo pusieran para regalo.
La invitación era para las diez de la mañana y nosotros llegamos como a las once y media. Había un payaso que estaba haciendo un acto y cuando nos vio entrar dijo que ya llegaron los madrugadores y que buenas noches y también pidió un aplauso para los madrugadores y la gente se puso a aplaudir y a reírse y salió la mamá de Max y nos saludó y mi tía sacó el regalo y me lo dio y me dijo que se lo diera a Max y yo se lo di y él me dijo que gracias vos, venite para acá y nos consiguió una silla para mí y una para mi tía.
El payaso pidió a tres niños voluntarios para hacer un acto y nadie quiso pasar, entonces agarró de la mano a un niño y dijo que así me gusta que sean valientes los niños y como nadie más quería ir nos fue a traer a mí y a Max y después pidió a tres niñas voluntarias pero tampoco ninguna de las niñas quería ir y él se las fue llevando de una en una y nos puso a hacer concursos y nos puso apodos y como Max es un poco gordo le dijo que era su amigo Sanchinelli y a mí como soy delgado dijo que yo era Tribilín. A mí me cae mal que me pongan apodos pero la gente se rió mucho y aplaudieron. Les puso otros apodos a los demás pero ya se me olvidaron y cuando nos puso parados por orden de estatura nos puso a hacer un concurso de pasarse de mano en mano un trapo y cuando él sonaba un pito, al que le había quedado el trapo tenía que bailar. A mí nunca me ha gustado eso de que me pongan a bailar  y por eso cuando me tocó quedarme con el trapo no hice bien el baile. Tampoco me aplaudieron mucho y ganó una niña y el payaso le dio un collar de plástico y le dijo que era de oro y después dijo que le iba a dar un premio al niño que hubiera bailado mejor y nos volvió a pasar y les pidió a todos que aplaudieran al que había bailado mejor y volvió a ganar otra niña, después nos dijo que nos fuéramos a sentar y llamó a tres señores y tres señoras y los puso a hacer un concurso de brincar para adelante y para atrás de una línea. Hizo otras bromas y después dijo que muchas gracias y que era el payaso Serrucho y que cuando lo necesitaran lo llamaran y agarró sus cosas y se fue y la gente lo aplaudió y a mí no me gustó el payaso porque no me gustan los payasos.
Después llevaron una piñata y la colgaron del lazo y el papá de Max se puso a tomarle fotos entonces comenzamos a romperla y uno de los primos de Max que también es gordo, cuando le tocó pasar le trató de dar tan duro que el palo se le zafó y rompió una maceta y por poco le paga a una niña. A mí nunca me ha gusto eso de pasar a romper la piñata y cuando me quería vendar los ojos les dije que no y no pasé mi tía dijo que ya se quería ir porque había mucho sol porque a ella siempre le molesta el sol y no había ningún lugar con sombra en dónde estar y cuando rompieron la piñata logré alcanzar algunos dulces, pero no muchos porque no me gusta eso de tirarme al sueño a agarrar dulces entonces se apareció el papá de Max con otra piñata y mi tía dijo que ojalá que después de esa piñata ya no hubiera otra.
Después colocaron los burros y las tablas y se apareció la mamá de Max con un pastel bien grande y todos nos sentamos y cantamos la canción de cumpleaños y como había un poco de aire costó mucho que las velitas se encendieran y cuando Max las apagó su papá le tomó otras fotos y al ratito pasaron los platos con un pedazo de pastel y un helado y un pan con jamón y un vaso de horchata y mi tía dijo que gracias a Dios porque ya tenía un poco de hambre. Yo me comí todo lo de mi plato pero mi tía dejó el pastel.
Cuando toda la gente se comenzó a ir, mi tía me dijo que ya era hora de que nosotros también nos fuéramos y la mamá de Max nos dijo que muchas gracias por haber venido y que mucho gusto de conocerla y que Max le había hablado mucho de mí y nos terminamos de despedir y nos fuimos a la calle y pasamos por una venta de pollo y compramos un poco para el almuerzo y después tomamos el bus y llegamos hasta la casa y yo no tenía mucha hambre pero me comí el pollo.
A mí no muy me gustan las piñatas. En la tarde comenzó a llover y mi tía se puso a planchar la ropa y yo a ver la televisión.
Estuve muy contento.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Diálogo sobre un diálogo - Jorge Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.


FIN